La aventura

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Entonces recordé las extraordinarias palabras de Castro: me evocaron la inminencia de toda clase de calamidades, sin que pudiera decir exactamente cuáles. La explicación parecía esforzarse por salir a la luz, como un nombre que uno tiene en la punta de la lengua durante horas sin poder expresarlo. El comandante Cowper se levantó muy tieso y vino a mi lado cojeando. Me miró con desconfianza, luego desvió los ojos. Después cogió su capote de mi brazo. Traté de ayudarle, pero él rechazó mi ayuda y tiró de aquél con fuerza. Le estaba demasiado estrecho. De pronto me dijo:

—Usted parece intimar terriblemente con ese hombre… terriblemente.

Su tono me inquietó más de lo que habría creído posible. Se dio una vuelta por la desierta cubierta, fue hasta la claraboya y gritó «¿Sigue todo bien?», esperando la respuesta con la cabeza pegada al cristal. Luego volvió junto a mí.

—Viene usted a este barco —dijo— ni que caído del cielo. Caído del cielo, digo. Nos ha contado usted una patraña. Todo esto me parece terriblemente sospechoso —se dio otra vuelta y regresó—. Mi esposa dice que usted le ha quitado sus anillos y… y… que se los ha dado a…

Parecía avergonzado. Comprendí entonces que aquella odiosa mujer, en lugar de rezar sus oraciones, le había incitado a decir eso a través de la claraboya.


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