La aventura
La aventura —¡Su esposa! —dije yo—. Caramba, podÃan haberla asesinado… si yo no la hubiese convencido para que se los diese. Estoy persuadido de que salvé a su esposa.
—¡Vaya! ¡Vaya! —dijo Cowper de pronto, encogiéndose de hombros.
Durante unos instantes mantuvo la cabeza baja y luego añadió:
—Cuidado, yo no digo… yo no digo que no sea posible lo que dice. Es usted un joven muy simpático y gentil… Pero lo que yo digo —en mi calidad de hombre público— es que deberÃa usted explicarse.
Estaba empezando a recobrar su porte militar.
—¡Oh!, no sea ridÃculo —le dije yo.
Uno de los españoles subió donde yo estaba y me dijo al oÃdo:
—Ahora véngase conmigo. Vamos a soltar amarras.
Al mismo tiempo Tomás Castro merodeaba por el otro costado del barco, a menos de cinco metros de nosotros.
—¡Tomás Castro! ¡Tomás Castro! —grité—. No me iré con usted.
El hombre que tenÃa a mi lado me dijo:
—Venga, señor. ¡Vamos!
De pronto, extendiendo un brazo hacia mÃ, Castro gritó: