La aventura
La aventura —Vamos, hombres. Este es el caballero; prendedle.
Y dirigiéndose a mÃ, gritó en su inglés chapurreado:
—Puede resistirse, si quiere.
Eso era lo que yo tenÃa la intención de hacer, y con todas mis fuerzas. La pandilla de harapientos me rodeó, hablando por los codos. Uno de ellos me irritó más allá de lo imaginable. ParecÃa un posadero en calzón corto y, además de la nariz rota apuntando a la izquierda, tenÃa papada. A cada instante acudÃan más piratas. Me abalancé a ciegas contra el tipo de la nariz rota: mi codo le alcanzó en sus partes blandas y saltó hacia atrás; los demás se esparcieron en todas direcciones y se mantuvieron a distancia, parloteando y agitando las manos. Detrás de ellos pude ver al viejo Cowper haciendo gestos de aprobación. El hombre de la papada se sacó de la manga un cuchillo, se agachó inmediatamente y se abalanzó sobre mÃ. Yo no me habÃa peleado con nadie desde la época escolar: mostrar los puños era como probar un experimento dudoso durante una emergencia. Le di un golpe bastante fuerte en su nariz rota; al mismo tiempo que su contacto en mi mano derecha, sentà un ligero dolor en mi mano izquierda. Elevó los brazos al cielo y también el rostro. Pero yo me habÃa lanzado hacia delante para enfrentarme con él y media docena de brazos me rodearon por detrás.