La aventura
La aventura Me pareció que mi vista había adquirido una agudeza exagerada: vi cómo los piratas alargaban cada una de sus sucias y bronceadas manazas para agarrarme por cualquier parte. Ya no estaba enfadado; de nada me hubiese valido enfadarme, pero estaba decidido a pelearme. Había docenas de piratas: me agarraron por las muñecas y los codos, y por los hombros. Un par de brazos me rodeó el cuello, otros dos la cintura, y trataron a toda costa de atrapar mis piernas con cuerdas. Al parecer rodamos de un extremo al otro de la cubierta; supongo que se estorbaban unos a otros; mejor les habría ido si no hubiesen sido tan numerosos. Entonces debí recibir un golpe en la cabeza, pues lo veía todo negro; mientras peléabamos, la noche pareció caer sobre nosotros.
A continuación me encontré a mí mismo en cubierta, tumbado de espaldas y jadeando: cuatro o cinco hombres me sujetaban. Castro se guardó una pistola en el cinturón. Golpeó el suelo con el pie violentamente y luego se fue, gritando en español:
—Todo el mundo a bordo. Ya habéis causado bastante daño, lugareños idiotas. Ahora nos vamos.
Como en un tenso y violento sueño, vi a algunos hombres preparándose para largar amarras y luego, haciendo un supremo esfuerzo, un juvenil esfuerzo de robustez y fuerza, que todavía hoy recuerdo, los dispersé como si se trataran de briznas de paja y quedé libre.