La aventura

La aventura

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Durante una fracción de segundo estuve a punto de caerme mientras contemplaba a los hombres postrados. Fue una visión instantánea y después me lancé hacia la batayola. Trepé a ella frenéticamente: divisé la cubierta de la vieja bricbarca, pero la visión sólo duró un abrir y cerrar de ojos, pues enseguida el comandante Cowper se alzó frente a mí y me arrojó de nuevo a bordo de la goleta, cayendo él mismo tras de mí.

Veinte hombres se precipitaron sobre mi cuerpo. Me quedé quieto. El final había llegado. No tenía fuerzas ni para espantar a una mosca, mi corazón latía tan fuerte que mis costillas parecían a punto de estallar. Tumbado de espaldas me las arreglé para decir:

—Déjenme respirar un poco.

Creí que me moría.

Cubierto por su capote, Castro estaba pendiente de mí, pero el comandante Cowper cayó de rodillas cerca de mi cabeza, casi sollozando.

—¡Mis papeles! ¡Mis papeles! Le aseguro que sin ellos me moriré de hambre. Haga que me devuelvan mis papeles. A ellos no les sirven de nada… mi pensión… mis hipotecas… no le valen a usted ni un penique.

Se agachó junto a mi rostro y los españoles me rodearon asombrados. Me suplicó que intercediera por él, que le guardase aquellos papeles tan importantes para él.


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