La aventura

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Castro levantó una vez más el brazo hacia el cielo, dejando caer al suelo su capote negro, formando pliegues como los de una sombrilla. Cowper dedujo que podía llevarse su cofre portadocumentos lacado; cogió las asas de latón y se fue corriendo hacia un costado del barco, pero en el último momento le entraron ganas de regresar junto a mí y me tendió la mano, balbuceando distraídamente;

—¡Dios le bendiga!, ¡Dios le bendiga!

Al poco rato se acordó de que yo había salvado a su esposa e hija y pidió a Dios que me bendijese por eso.

—Palabra de honor que, si es preciso —dijo—, si usted se escapa, recorreré miles de kilómetros para declarar en su favor. He dado mi palabra de honor… recuérdelo.

Luego me dijo que iba a vivir en Clapham. Eso es todo lo que recuerdo. Me mantuvieron inmovilizado en cubierta y él desapareció de mi vista. Antes de que los barcos se separasen me bajaron a un camarote de la goleta.



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