La aventura

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Allí me dejaron solo y permanecí sentado un buen rato, con la cabeza apoyada en las manos. No pensé absolutamente en nada; con tantos esfuerzos estaba completamente agotado y no tenía nada en que pensar. Había llegado a aceptar la mezquindad de las cosas como si hubiese envejecido mucho. Había visto a unos hombres arañándose la cara por unos botones, unos viejos zapatos… o los pantalones de Mercer. En el punto en que me encontraba, ni mi propio futuro me interesaba. Me incorporé y miré en torno.

Me encontraba en un pequeño camarote vacío, con un tosco revestimiento de madera, extremadamente sucio. A lo largo de un mamparo, encima de un banco de madera, había señales de grasa en los lugares en donde se apoyaban las cabezas; la tosca mesa sobre la que descansaban mis brazos estaba cubierta con capas de manchas de sebo. Por la portilla entraba una luz brillante. Dos o tres mosquetes mal avenidos estaban posados al sesgo alrededor de la base del mástil… una pieza de artillería grande y vieja, de la época de Pizarro, forrada de terciopelo rojo y plata cincelada, sobre una plataforma giratoria, tres escopetas inglesas de caza y un trabuco de cochero. Un hombre se estaba levantando de un colchón extendido en el suelo; luego puso sobre la grasienta mesa una mandolina decorada con favores rojos. Era sumamente delgado y tan alto que su cabeza casi rozaba la señal dejada en el techo por el hollín de la vela.


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