La aventura

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—Ah —dijo—. Estaba esperando que el caballero se despertara.

Con paso majestuoso contorneó el extremo de la mesa, se deslizó entre ella y el mamparo y me agarró el brazo con una fogosidad envolvente, poniéndose poco a poco a mi lado. Largos bucles de color castaño le caían por la espalda y llevaba una camisa roja, que con el uso se había vuelto negra, cuyos botones dorados pero sin brillo, marcados «G. R.», los habría robado, supongo, en algún barco inglés.

—Le ruego, señor caballero, que escuche lo que voy a declarar —dijo, muy seriamente—. Ya no puedo soportar esto por más tiempo… no, no puedo soportar por más tiempo estos sufrimientos.

Su rostro era grande, del tipo clásico: de rasgos afilados, más bien alargado, con una nariz inmensa que, de frente, parecía la sección de una campana, cejas en forma de herradura de caballo y ojos de pupilas muy abiertas con el mismo brillo marrón-violáceo que los ojos de los caballos. Su aspecto era extremadamente lúgubre. Empezó a hablar con voz resonante como si su pecho fuese una tabla de armonía. Utilizó frases enormemente largas, de las que no entendí más que la mitad.


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