La aventura
La aventura —¿Cuál es la diferencia, entonces, entre este Tomás Castro y yo, Manuel-del-Popolo Isturiz? El señor caballero puede decirlo inmediatamente. MÃreme. Yo soy más guapo. DeberÃa preguntárselo a las mujeres de RÃo Medio y dejar que ellas pronunciasen el veredicto. Este tal Castro es un andaluz… un extranjero. Y nosotros, los valientes de RÃo Medio, no toleraremos que un extranjero haga progresos con nuestras mujeres. Sin embargo, es preferible este andaluz porque es un humilde amigo del gran Don y porque le han dado el mando por unos cuantos dÃas. Yo le pregunto, señor, ¿cuál es la diferencia radical entre él, nombrado capitán por unos dÃas, y yo, capitán de este barco? ¿Acaso no se trata de que yo soy, por asà decirlo, el cerebro de todo, y él únicamente el bisturÃ? Se lo pregunto al señor caballero.
No sabÃa en absoluto lo que contestarle. Sus grandes y melancólicos ojos exploraron mi rostro. Supongo que debÃa parecer desconcertado.
—Pongo mi estuche a sus pies —prosiguió—. Usted va a ser nuestro jefe y, en razón de su ilustre cuna y renombrada inteligencia, ocupará una posición preponderante en el consejo de los notables. ¿No es asÃ? ¿No es eso lo que ha ordenado el señor juez O’Brien? ¿Me prestará oÃdos? ¿Aliviará mis indignos sufrimientos?
Sus ojos me imploraron durante un buen rato.