La aventura

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Manuel-del-Popolo, como se hacía llamar, se echó hacia atrás el pelo que le caía en la frente. Yo me había dado cuenta de que los rizos de su cabellera los tenía recogidos en trenzas con galones negros y que llevaba una gran gorguera de seda sucia.

—El caballero —prosiguió, recalcando las palabras con pequeños golpes sobre la mesa de su dedo blanco— me representará ante los notables. Mi posición en este momento, como ya he tenido el honor de hacerle notar, es insoportable. Considere, además, el trabajo que su Señoría y yo podríamos hacer juntos. Qué alivio para usted y para mí. Comprobará que ese tal Castro es insoportablemente grosero. Pero… le aseguro que soy un hombre de gusto, un improvisador, un artista. Mis canciones son celebradas. Y sin embargo…

De nuevo se cruzó de brazos y esperó; luego dijo, empleando un tono de voz de lo más conmovedor:

—Tengo influencia sobre la gente de Río. Podría provocar un motín. Nosotros los cubanos somos gente celosa; no nos gusta que los extranjeros vengan a quitarnos lo mejor que tenemos. No nos gusta eso; no lo toleraremos. Que ese tal Castro no lo olvide y se vaya en paz, abandonándonos a nosotros y a nuestras mujeres. Como dice el proverbio, «Siempre es bueno construir un puente para que el enemigo se marche».


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