La aventura

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Empezó a mirarme con más atención todavía: sus ojos estaban más luminosos que nunca. Pese a su carácter grotesco, este hombre era completamente sincero, de eso no había la menor duda.

—Soy una persona de buen carácter —empezó otra vez—, de muy buen carácter. Soy obediente a las legítimas autoridades. Haré todo lo que el señor juez O’Brien me pida que haga. Le hundiré un cuchillo en el vientre a cualquiera que incomode al señor juez O’Brien, que es un buen católico; todos nosotros lo haríamos, pues es justo y oportuno. Pero ese tal Castro… ¡ese andaluz es casi tan perverso como un hereje! Cuando me llegue la hora, le desollaré la piel de los brazos y de las plantas de los pies: las frotaré con pimiento rojo; y todos los hombres de Río, a quienes les disgustan los extranjeros, aplaudirán. Y le clavaré pequeñas espinas bajo la lengua y, tras amputarle los párpados con unas tijeritas, lo expondré cara al sol. Caballero, usted me querría; tengo un buen carácter. Soy un compañero agradable.

Se levantó y se escurrió rodeando la mesa.

—Escuche —sus ojos se iluminaron de arrobo—. Oirá hablar de mí. Esto es divino… ah, es muy agradable, ya lo verá usted.


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