La aventura

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Cogió su mandolina, se la colgó al cuello y se apoyó en el mamparo. La brillante luz que entraba por la portilla doraba la silueta de su cuerpo, mientras se balanceaba y sus largos dedos recorrían las cuerdas produciendo un tintineo metálico. Cantó con voz nasal:

—¡Escuchad! —dicen las jóvenes asomando a los barrotes de la ventana.

—¡Escuchad! Seguro que es la guitarra de Ma… nu… el… del-Popolo.

Que se desliza a lo largo del muro en el crepúsculo.

Era una canción muy larga. Mientras rasgaba las cuerdas, cosa que parecía ser cuestión de suerte, gesticulaba profusamente con la mano. Sus ojos miraban fijamente de lejos la pared por encima de mi cabeza. La escena me impresionó y me dejó perplejo; me preguntaba si era por eso por lo que me habían llevado. Era para volverse loco. Terminó con unas notas en decrescendo y sus rasgos altivos incurrieron en su habitual expresión melancólica.

En aquel preciso momento Castro metió la cabeza por la abertura de la puerta y después entró del todo en el camarote. Suspiró de manera satisfactoria: tenía todo el aspecto de haber terminado alguna tarea laboriosa.


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