La aventura

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—Hemos puesto orden allí arriba —le dijo a Manuel-del-Popolo—. Puede ir usted a ver la maniobra… dese prisa; se hace tarde.

Manuel estaba que echaba chispas. Salió en silencio del camarote, como si le rondase la cabeza una nube cargada de electricidad. Tomás Castro se volvió hacia él.

—¿Está usted mejor? —preguntó benevolentemente—. Se esfuerza usted demasiado… Pero en fin, si eso le agrada…

Luego cogió la mandolina y empezó a rasgar las cuerdas negligentemente. Noté un cambio en él: su cuerpo se había ablandado con el paso de los años y tenía algunas hebras grises en los rizos enredados de su barba. En conjunto parecía haber llevado una buena vida. Inclinó su cabeza sobre las cuerdas, pulsó una de ellas, apretó una clavija, volvió a pulsar la cuerda, puso luego el instrumento encima de la mesa y se dejó caer en el colchón.

—¿Quiere un poco de ron? —me dijo—. Se ha puesto usted gordo y fuerte como un toro. Ha hecho usted huir a esos hombres, sacré nom d’une pipe… Se diría que habla usted en serio… ¡Qué bien!

Se extendió en el colchón a todo lo largo y cerró los ojos.


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