La aventura
La aventura Le miré, buscando en su rostro rastros de ironÃa. No habÃa ninguno. Hablaba con calma; incluso me reprochó por haber llevado el simulacro de resistencia más allá de los lÃmites de la chanza.
—Usted se ha peleado demasiado; ha golpeado a muchos hombres… y con dureza. Se habrá creado enemigos. Los picaros de esta sucia ciudad son presumidos como cerdos. Deberá tener cuidado o le clavarán un cuchillo en la espalda.
YacÃa con las manos cruzadas sobre el vientre, que era redondo como un pudÃn. Al cabo de un rato abrió los ojos y miró el reflejo blanco del agua en el techo mugriento.
—Y pensar que vuelvo a verle, después de todos estos años —dijo—. No daba crédito a mis oÃdos cuando don Carlos me pidió que le buscara. ¿Quién lo hubiera creÃdo? Pero, como suele decirse —añadió filosóficamente—. «El agua fluye hacia el mar y cada guijarro encuentra su agujero».
Hizo una pausa para escuchar los ruidos que venÃan de arriba.
—Ese Manuel es un idiota —dijo sin rencor—; está loco de celos porque hoy tengo yo el mando aquÃ. Sin embargo, esos esclavos del señor O’Brien son unos cerdos peligrosos. Ojalá se librara de ellos la ciudad. Un dÃa habrá un motÃn… una función… con sus locuras y sus celos.