La aventura

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Permanecí sentado sin decir nada, dejando que los hechos encajaran unos con otros, pequeñas parcelas de información que se agrupaban aquí y allá como piezas de un rompecabezas. O’Brien se había ido a La Habana en el barco del que yo había escapado, para dar cuenta de la ejecución de los piratas en Kingston; en cuanto a los Riego, habían sido desembarcados en Río Medio, por supuesto.

—¡Ese pobre don Carlos! —gimió Castro en tono lastimero—. Cometieron la barbaridad de llevárselo en plena noche, con aquella niebla fría y húmeda. No dejaba de toser; oírle me ponía malo. Ni siquiera podía hablar conmigo… con su Tomás; daba lástima. Tampoco pudo hablar cuando llegamos a la Casa.

En verdad, yo no podía entender por qué me habían secuestrado por segunda vez. Castro me dijo que O’Brien estaba dispuesto a permitir que yo llegase a La Habana. Fue Carlos el que había ordenado a Tomás que me sacase del Breeze. Él había bajado en la fría y húmeda mañana, antes de que la goleta se hiciera a la mar detrás del promontorio, para inculcar a Tomás Castro instrucciones muy precisas; de hecho fue precisamente mientras hablaba con Tomás cuando le estalló un vaso sanguíneo.


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