La aventura
La aventura —Él me dijo: «Ahora ten cuidado. Escucha. Ese señor Juan es amigo mÃo. Le quiero como si fuese mi único hermano. Ten mucho cuidado, Tomás Castro. Haz que parezca que viene con nosotros en contra de su voluntad. Que fue llevado a bordo por muchos hombres. Tienes que entender, Tomás, que él es un joven de familia noble y que debes tener el mismo cuidado de no comprometerle que si se tratase del honor de Nuestra Señora».
Tomás Castro me miró oblicuamente.
—Usted podrá informarle de mà adecuadamente —dijo—. Yo hice lo que pude. Si se ha comprometido, fue usted el causante al hablarme como si me conociera.
Entonces me acordé de que, efectivamente, Tomás habÃa tomado a mal que yo fingiera reconocerle ante Cowper y Lumsden. De nuevo cerró los ojos. Al cabo de un rato añadió:
—¡Vaya! Después de todo, tener miedo de comprometerse es una insensatez. Viéndole con su cabellera plateada, nunca creerÃa usted que su Excelencia don Baltasar hubiese llevado una vida desenfrenada. Se decÃa que una vez mató a tres frailes en Sevilla, hace mucho, muchÃsimo tiempo. En aquellos dÃas era peligroso ir en contra de nuestra Madre, la Iglesia.
Hizo una pausa y, desabrochándose la camisa, puso al descubierto su pecho increÃblemente peludo; luego se quitó los zapatos.