La aventura

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CAPÍTULO VII

A las dos de la tarde enfilábamos la ensenada de Río Medio. Yo había subido a cubierta cuando Tomás Castro dejó de dormitar. Quería verlo. El barco dio un brusco viraje en el momento en que yo aparecí y, agarrado a la borda, vi unas colinas altas, marrones, resecas, que caían a pico sobre una franja de tierra llana y un cinturón de matorrales de color verde oscuro, al borde del agua; pequeños cubos de murallas rosas, esparcidas aquí y allá, que ascendían por la ladera entre palmeras, como hombres puestos de pie en la hierba alta, y retrocedían, ocultándose en el declive del valle; cabañas gris plateado con deteriorados techos de cañas de color pardo, cual greñas despeinadas; la gran fachada rosa de una iglesia, muy alta y estrecha, rematada en forma de pirámide y con huecos para siete campanas, aunque no tenía más que tres. Se diría que había estado oculta durante siglos en los pliegues de una tierra antigua, que yacía dormida bajo un sol cegador.

Cuando fondeamos, Tomás, que guardaba un lúgubre silencio, a mi lado, gruñó y escupió al agua.

—Mire allí —dije—. ¿Qué significa todo aquello? ¿De qué se trata? ¿Qué hay en el fondo?

Tomás se encogió de hombros con melancolía.

—Si su Señoría no lo sabe, ¿quién puede saberlo? —dijo—. No soy yo el que debe decir por qué motivo desea la gente venir aquí.


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