La aventura
La aventura Nos encontrábamos en una pequeña cañada sombreada. La luz desvaÃda que precede a la salida de la luna caÃa desde la cima de la colina iluminando la pendiente opuesta. Guardamos un silencio absoluto.
—Si mueves un pelo —dijo frÃamente mi captor—, te exprimiré la sangre del pescuezo, como si fuese una naranja podrida.
TenÃa la tranquilidad del que está acostumbrado a este tipo de incidentes; no obstante el incidente era —o deberÃa haber sido— para ponerse a temblar. Permanecimos a la espera en silencio por toda una eternidad, como se espera que una liebre salga a descubierto delante de los bateadores. Desde la base de la colina subÃa un leve ruido de cascos de caballos… un ruido intermitente, parecido al latido del corazón… un ruido sordo en la hierba; y un ligero tintineo metálico. Parecieron desvanecerse, sin que los oyera el batidor que estaba a mi lado. Luego se oyó el chasquido de las ramas de los pinos y un crujido. Una voz ronca dijo por encima de nosotros:
—El otro se ha largado, Thoms. ¿Tienes bien sujeto al tuyo?
—Tranquilo.
El hombre de arriba, embozado y desgarbado, se dejó caer hasta la carretera. Volvió su farol hacia mÃ, envolviéndome con su desagradable resplandor amarillo.