La aventura
La aventura —¡Vaya! Es el joven en cuestión —gruñó al cabo de un rato—. Léele la orden de detención, Thoms.
Mi captor empezó a hurgar en su bolsillo, sacó un papel y se inclinó hacia la luz. De pronto se detuvo y me miró.
—No es el que buscamos, mÃster Lillywhite, no creo siquiera que sea un marinero español.
Una ráfaga de viento trajo de nuevo un tintineo de bocados y estribos metálicos.
—Menuda situación, Thoms —dijo bruscamente el hombre del farol—. Si este no es Riego… ni el otro… yo…
Empecé a recuperarme de mi estupor.
—Me llamo John Kemp —dije.
El otro gruñó.
—Date prisa, Thoms.
—Pero mÃster Lillywhite —rezonó Thoms—, no habla como un dago[4]. ¡Que me aspen si lo hace! Y no estamos en un paÃs amigo, ya lo sabe usted. ¡No podemos irritar a la gente!
Me armé de valor.
—Lograréis que os corten la cabeza —dije— si esperáis mucho más. ¡Escuchad!