La aventura
La aventura Los caballos que se acercaban salieron del césped y entraron en la carretera; las pisadas, primero de uno y luego del otro, resonaron en la silenciosa colina. Reconocí a los librecambistas por eso: excepto para cruzarlas, no se apartaban del borde de las carreteras, como si fuese un artículo de fe. El ruido de cascos aumentó, se diría que era todo un ejército.
Los batidores empezaron a deliberar. El fantasma que respondía al nombre de Thoms era partidario de irse atravesando el país; pero Lillywhite no estaba hecho para correr. Además, ignoraba el estado de las cosas y creía que los librecambistas no eran más que simples espectros.
—No hay peligro de que nos toquen —refunfuñó Lillywhite—. Llevamos una orden de detención… en nombre del Rey.
Y dirigió su farol al azar hacia lo alto de la colina.
—Además —prosiguió— tenemos este carne de horca. Aunque no sea español, lo sabe todo sobre ellos. Le he escuchado. Puede que sea ese tal Kemp, pero allá arriba habló español… y al menos tenemos a alguien después de tantas molestias. Será colgado, te apuesto un…