La aventura

La aventura

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Nos llegó un grito desde lo alto, luego un ruido confuso de voces. La luna comenzó a ascender en el cielo; por encima de la cañada las nubes presentaban inesperadas franjas plateadas. Un jinete, embozado hasta las orejas, trotaba cautelosamente hacia nosotros.

—¿Qué ocurre? —clamó desde una distancia de unos nueve metros—. ¿Por qué esa luz? ¿Algo va mal ahí abajo?

Los batidores guardaron silencio. Oímos el chasquido del cerrojo de una pistola.

—En nombre del Rey —gritó Lillywhite—, bájese del rocín y échenos una mano. Tenemos un prisionero.

El jinete silbó de incredulidad y después empezó a gritar, su voz resonó lúgubremente colina arriba.

—¡Oiga! ¡Oiga…aa!

Y el eco devolvió sigilosamente:

—¡Oiga! ¡Oiga…aa!

Y así varias veces. El caballo se paró e inclinó la cabeza, mientras el hombre se volvía en su silla.

—Los batidores. Los batidores de Bow Street ¡Vamos, muchachos, adelante! Les tomaremos un poco el pelo. ¡Batidores! ¡Batidores!

El pesado traqueteo de los caballos al trote llegó hasta nuestros oídos.

—Se va a armar la gorda —gruñó Lillywhite—; maldito sea este condado de Kent.


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