La aventura
La aventura Thoms seguÃa sin soltar mi cuello. Recortados contra el lÃvido cielo, hombres y caballos surgieron en la pendiente de la colina, originando un confuso y ominoso bullicio.
—Aparta de mà ese farol —dijo el jinete—. ¿No ves que espantas a mi caballo? Y ahora muchachos, rodeadlos…
Los enormes caballos formaron un medio cÃrculo irregular alrededor de nosotros; los hombres descendieron torpemente como sacos de maÃz. Alguien cogió el farol y lo dirigió hacia nosotros; hubo un confuso vocerÃo. Oà pronunciar mi propio nombre.
—SÃ, soy Kemp… John Kemp —exclamé—. Soy un leal conservador.
—Al diablo con los conservadores —respondió una voz—. ¿Qué hace usted con los batidores?
El tumulto prosiguió… unas cuarenta o cincuenta voces. Los batidores fueron atrapados; varias manos se abatieron sobre mÃ. No podÃa hacerme entender: un puño me golpeó en la mejilla.
—Colgarlos de un árbol —chilló alguien—; ¡ellos ahorcaron a mi sobrino! Colgarlos a los tres. La madre del joven Kemp es un mal bicho. Y él es un delator. Arriba con ellos.