La aventura
La aventura Me hicieron ponerme de rodillas, luego me empujaron hacia adelante, y después me dejaron solo mientras se abalanzaban sobre Lillywhite. Tropecé con un caballo de granja, grande y apacible.
Siguió una pelea interminable.
—¡Cerrad el pico, idiotas! ¡Cerrad el pico! —gritó una voz imperiosa.
—Oigamos a Jack Rangsley —clamó otra voz—. ¡Oigámosle!
Hubo un silencio. Vi que una mano encendÃa el farol. Ante mà apareció una multitud de rostros, un revoltijo de miembros, las cabezas de los caballos y más arriba los silenciosos árboles.
—No deje que me ahorquen, Jack Rangsley —dije entre sollozos—. Usted sabe que no soy un espÃa. No deje que me ahorquen, Jack.
Dirigió su caballo hacia mà y me cogió por el cuello.
—Muérdete la lengua —dijo bruscamente. Y comenzó un discurso que llevaba preparado, anatematizando a los batidores. Propuso que nos ataran los pies y nos colgaran de los extremos de los dedos en el borde de la cantera.
Un clamor discordante se elevó a su favor y en su contra; luego la opinión se hizo unánime.
Rangsley se bajó del caballo.