La aventura
La aventura —Vendadles los ojos, muchachos —gritó y bruscamente me dio la vuelta—. No te resistas —me murmuró al oÃdo. Noté en mis párpados el frescor de su pañuelo de seda y sentà sus manos detrás de mi cabeza, haciendo torpemente un nudo.
—Está bien —volvió a decir. El barullo de voces cesó repentinamente—. Ahora, muchachos, traedlos.
Una voz que me era conocida gritó la contraseña:
—Resopla y basta.
Y luego dijo:
—¿Qué pasa?
Otro respondió:
—Es Rooksby, es sir Ralph.
La voz interrumpió bruscamente:
—Nada de nombres, ahora. No quiero ahorcar a nadie.
La mano soltó mi brazo; la comitiva se detuvo. Capté un cuchicheo momentáneo. Luego otra voz gritó:
—Desnudad a los batidores. Dejadlos sólo con la camisa. Eso es todo.
OÃ algunos gemidos y un grito.
—¿No pensarán matarnos?
—Por su…pues…to que sà —contestó una voz nasal y cansina.
—Traedlos aquà —gritó otro, creo que Rangsley.