La aventura

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Tras un breve momento de confusión, me pareció que nos separaban del grupo y que descendíamos por un sendero pedregoso.

—Ahora, el resto que se vaya; somos demasiados.

Oí de nuevo los cascos de los pesados caballos. Luego hicimos un alto y de repente Rangsley gritó cerca de mí:

—Y ahora, batidores… y usted John Kemp… os encontráis al borde de la eternidad, encima de la vieja cantera. A vuestros pies tenéis un precipicio de unos treinta metros cortado a pico. Os ataremos las piernas y os colgaremos de la punta de los dedos. Si os sostenéis un rato tendréis tiempo de rezar vuestras oraciones. ¡Moveos, muchachos!

Uno de los batidores comenzó a gritar:

—¿Nos vais a colgar por esto?

En cuanto a mí, me parecía estar soñando.

—Jack —dije—, no irá a…

—Oh, déjelo —me susurró la voz—. Ahora cállese. No habrá problemas.

La voz se alejó un poco de mi oreja y gritó:

—¿Estáis listos? Cuando diga tres…

Escuché gemidos y maldiciones y me puse a gritar pidiendo ayuda. El eco devolvió mi voz desesperadamente. De pronto me arrastraron hacia atrás y cayó la venda que me cubría los ojos.


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