La aventura
La aventura —¡Venga! —dijo Rangsley, conduciéndome suavemente hacia la carretera que estaba a unos cinco pasos más detrás—. Todo es una broma —gruñó—. Nada mal para estos esbirros. Escucha cómo gimen. No hay ni sesenta centÃmetros de altura.
Dimos unos cuantos pasos siguiendo la carretera hacia abajo; las lastimosas voces de los batidores pidiendo socorro llegaron con claridad a mis oÃdos.
—¿No los piensa matar? —pregunté.
—No, no —respondió él—. No es posible. Ojalá pudiésemos; nos meterÃamos en un buen lÃo.
Comenzamos a descender la colina. Una voz gritó desde la cantera:
—Socorro… socorro… por el amor de Dios… no puedo…
Se oyó un gruñido y el ruido de alguien cayendo; luego se repitió una secuencia similar de ruidos de caÃdas.
—Eso les servirá de lección —dijo Rangsley violentamente—. Venid… no han hecho más que bajar la pendiente. Ya no están encima de la cantera. Todo va bien, os lo juro.