La aventura
La aventura Ése era en realidad el tremendo sentido del humor de los contrabandistas: armaban un gran revuelo con que iban a colgar en el acto a cualquier indeseable, como estos batidores, y luego se contentaban con llevarlo a una pequeña loma, jurándole que estaba al borde del acantilado de Shakespeare o cualquier otro precipicio de más de treinta metros de altura. Antes de dejarlos en libertad, las desgraciadas criaturas sufrían todos los tormentos que preceden a la muerte y, por regla general, jamás regresaban a nuestros parajes.