La aventura
La aventura Nos sirvieron en silencio. Un batallón de negros jóvenes y robustos, con chaquetas azules adornadas con encajes plateados, caminaban descalzos de un lado a otro, a las órdenes de un viejo mayordomo. Sólo este último llevaba medias blancas de seda y zapatos con hebillas de plata; los amplios faldones de su casaca de terciopelo castaño, bordada en oro en el cuello y los puños, colgaban sobre sus delgadas piernas; y, con un largo bastón de ébano en la mano, dirigía el servicio desde detrás del sillón de don Baltasar. A veces se inclinaba hacia la oreja de su amo y don Baltasar le contestaba con un susurro; y al acercarse tanto esos dos rostros, uno parecido a una noble escultura de marfil, el otro negro y revestido del mudo patetismo de las caras africanas, parecían comunicarse exclusivamente por el compañerismo propio de la vejez, de los recuerdos lejanos, de las vivencias compartidas. Había algo misterioso y conmovedor en ese violento contraste, atenuado por la proximidad de la tumba… la fraternidad de amo y esclavo. En un momento dado, trajeron una enorme llave de hierro encima de una bandeja de plata y el negro de pelo canoso, inclinándose sobre el sillón, la depositó junto a la escudilla de don Baltasar.
—Ordenes de don Carlos —murmuró.
El viejo Don pareció despertarse; un ligero color subió a sus mejillas.