La aventura
La aventura —Mi noble espÃritu se exalta ante la idea de realizar grandes hazañas. Siento dentro de mà una valentÃa, una inspiración. Yo no soy un vulgar vendedor de aguardiente como Domingo. He nacido para ser capataz de los lugareños.
—Seremos atacados y vencidos, Manuel. ¡Vete!
No hubo ruido de pasos, sólo un revoloteo silencioso de dos sombras y una voz en la lejanÃa gritando:
—Maldición, maldición, ¡maldición al traidor!
No tuve necesidad de la advertencia de Castro para comprender lo que aquello querÃa decir. O’Brien se habÃa puesto manos a la obra con todas sus fuerzas; sólo la impaciente vanidad de Manuel me habÃa informado exactamente de cómo iba a terminar aquello. El fraile habÃa estado incitando a esa gentuza en contra mÃa, despertando sus sospechas, sus odios, sus miedos.
Permanecà junto a la ventana, sumido en reflexiones más bien sombrÃas. Ahora estaba prisionero dentro de los muros de la Casa.