La aventura

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Me había acercado a ella rápidamente, preguntándome qué haría él. No parecía ir armado; yo tampoco llevaba conmigo ningún arma. ¿Iba a saltarme a la garganta? Yo era el más fuerte de los dos, y el más joven. Deseaba que lo hiciese. Pero encontró un medio de hacerme notar sus otras ventajas. Hizo como si no reconociera mi existencia. Diríase que no me veía en absoluto. No parecía darse cuenta de la llamativa inmovilidad de Serafina, ni de mi actitud firme; mas, volviendo su jovial rostro hacia las dos chicas, que parecían dispuestas a descender al piso de abajo ante sus propios ojos, les hizo una seña con el dedo índice para que no lo hicieran.

Eso fue todo. No las amenazó; sólo estuvo algo travieso; y ese gesto, maravilloso por su ahorro de esfuerzos, reveló toda la fuerza y la insolencia de su poder. Ese gesto del dedo tenía la eficacia infalible de un acto instintivo. Era puro instinto. El no podía saber hasta qué punto nos espantaba con ese simple movimiento del dedo. La chica más alta dejó caer su palmatoria estrepitosamente y se fue corriendo por la galería como una sombra. La Chica se agazapó en un rincón. La luz de su vela alcanzó vagamente la silueta de un muchacho negro, que aguardaba al fondo en actitud pasiva con las alforjas de O’Brien al hombro.


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