La aventura

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—Lo ve usted —me dijo Serafina en un rápido y desconsolado susurro—. Todos son como éste… todos, todos.

Sin cambiar de semblante, sin énfasis, él le dijo a ella en francés:

—Votre pere dortsans doute, señorita.

—Usted sabe muy bien, señor Intendente —dijo ella intrépidamente—, que nada puede hacerle abrir los ojos.

—Eso parece —masculló él entre dientes, encorvándose para recoger la palmatoria que había caído.

La palmatoria estaba a mis pies. Podía haberlo cogido entonces en una situación de desventaja; podía haberlo derribado de un solo golpe, arrojándome sobre su espalda. Lo mismo podría haber atacado un prisionero atlético a su carcelero al entrar en su celda, si no fuera por la prisión, los cerrojos, los barrotes, las pesadas puertas y los muros, toda la parafernalia del cautiverio, que encadena la voluntad, si no el valor.

Podía haber sido ésa la causa, o su absoluto desprecio por mí. La manera despreocupada, con la cabeza al alcance de mi puño, con que encendía la vela que se le había caído a La Chica de sus temblorosas manos, me humilló indeciblemente. Tuvo algunas dificultades con eso, hasta que le dijo a la doncella de manera que pudiéramos oírla: «Cálmate, niña», y ésta se puso rígida, aparentando estar terriblemente asustada.


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