La aventura

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La gran superficie blanca de la cantera se alzaba majestuosa a la luz de la luna; en su base brillaban los fuegos de color rojo oscuro de los hornos de cal, de los que se elevaban cenizas de color rojo sangre y un humo plomizo.

—Juraría que se imaginan haber caído directamente al infierno —dijo, y añadió súbitamente—: Tendrás que ausentarte del país, John, se guardarán bien de olvidar tu nombre. Hice todo lo que pude por ti.

Me habían atado así en presencia de los batidores para alejar de mí sus sospechas. Con la misma idea él había simulado que me mataba. Pero yo no creía que se lo hubieran tragado.

—Si no están demasiado impresionados, antes de mañana por la mañana tendrán las órdenes de detención. Pero ¿qué hacías tú en este asunto? Los dos españoles estaban tumbados en los helechos al acecho cuando metiste la nariz torpemente. De no haber sido por Rooksby, habrías podido… ¡Eh! ¡Allí! —interrumpió.

La respuesta salió de la sombra negra de un grupo de olmos al borde de la carretera. Vislumbré las siluetas de tres o cuatro caballos parados, con las cabezas juntas.

—Venga —dijo Rangsley—. Levántate. Hablaremos mientras andamos.


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