La aventura

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Alguien me ayudó a montar; mis piernas temblaban en los estribos como si hubiese cabalgado seiscientos kilómetros sin parar. Supongo que debí caer en una especie de estupor, pues sólo me acuerdo vagamente de alguien disculpándose ante mí. En realidad, Ralph, después de haberme incitado a que le reemplazase, con la intención de quedarse en casa, había sentido escrúpulos de conciencia y había venido a la cantera. Fue él quien había gritado la contraseña «Resopla y basta», y quien me había hablado a media voz. Carlos y Castro habían esperado en su escondite, asistiendo a la llegada de los batidores y a mi captura. Lo deduje mucho después. En aquellos momentos sólo era consciente del movimiento del caballo debajo de mí, del profundo fastidio que sentía, y de la voz de Ralph, que se lamentaba de su propia cobardía.

—¡Si hubiese sucedido en cualquier otro momento! —no cesaba de repetir—. Pero ahora que hay que pensar en Verónica… Me comprendes, ¿verdad Johnny?

Mis compañeros cabalgaban en silencio. Después que hubimos dejado atrás las casas de un pueblecito, cayó sobre nosotros una espesa niebla, blanca, húmeda y pegajosa. Ralph detuvo su caballo junto al mío.

—Lo siento —empezó de nuevo—. Siento terriblemente haberte metido en este lío. Te juro que habría dado de buena gana, no mil, sino diez mil libras o más… porque esto no hubiese sucedido.


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