La aventura
La aventura Finalmente, Ralph me dejó ir con Carlos… se trataba nada menos que de cruzar el océano hasta llegar a las Indias Occidentales. Le rogué y le supliqué; me pareció que ahora tenía la posibilidad de encontrar mi mundo de aventuras. Pero Ralph, que si bien era uno de los hombres más respetuosos con la ley, de momento no era de los más valerosos, deseaba a toda costa desentenderse de todo este asunto. Hizo por mí todo lo que pudo: pidió prestadas una considerable cantidad de guineas a Rangsley, que viajaba con una bolsa llena en el arzón para pagar a sus hombres, a razón de siete chelines por cabeza en cada batida.
Ralph recordó también —o yo me acordé por él— que tenía propiedades en Jamaica, y un agente. Así que entró en la gran posada que había en el cruce de carreteras a Londres para escribir una carta a su agente ordenándole que me alojase y me emplease como aprendiz. Por miedo a comprometerle, esperamos a la sombra de unos árboles, a un metro y medio o tres de distancia de la carretera. Llegó al trote, me dio la carta, y luego, llamándome aparte, empezó a reprocharse a sí mismo. Los demás cabalgaban por delante.