La aventura
La aventura Sofrené a mi caballo y bajé la colina al galope. El grueso del grupo se había detenido antes de llegar a los guijarros de la orilla. Rangsley nos esperaba para conducirnos a la ciudad, donde debíamos encontrarnos con un hombre, que nos llevaría a los tres fugitivos a bordo del barco en cuestión. Cabalgamos con gran estrépito a través de la calle principal, silenciosa, larga y estrecha. De cuando en cuando, Carlos Riego tosía lastimeramente; Tomás Castro, por su parte, cabalgaba melancólicamente en silencio. De vez en cuando brillaba una luz en una ventana, pero fuera no se movía ni un alma. En la persiana de una posada, la sombra de un hombre barbudo se llevó a los labios la sombra de un vaso.
—Debe de ser mi tío —dijo Rangsley—. Él será el hombre que os haga el recado.
Llamó a uno de los hombres de detrás.
—Eh, Joe Pilcher, vete al Ciervo Blanco y saca a mi tío Tom. Tráemelo aquí… al Nido.
Tres puertas más allá nos detuvimos y bajamos de nuestros caballos.