La aventura
La aventura Rangsley llamó a un postigo: dos golpes secos con la fusta y tres con el puño. Se oyó el chasquido de un cerrojo, el estruendo de unas pesadas barras y el ruido metálico de una cadena. Rangsley me hizo entrar en un portal. Se abrió una puerta lateral y divisé una habitación iluminada donde flotaban volutas de humo. Un hombre panzudo con peluca rizada y abrigo azul con botones Windsor vino hacia nosotros, llevando en la mano derecha una pipa larga y en la izquierda un cuartillo de peltre.
—Hola, capitán —dijo—, llega muy tarde con las luces, ¿no cree?
Tenía un aire reprobatorio.
—Su reloj adelanta, señor alcalde —contestó Rangsley en tono malhumorado—. La marea no estará a punto hasta dentro de media hora…
—Chisss, chisss —resolló el otro—. No se enfade. Le respetamos. Sin embargo, cuando uno tiene intereses en juego, prefiere saberlo.
—Lo único que para mí cuenta son mis intereses en juego —dijo Rangsley impacientemente—, y mi cuello. ¿Cuáles son los suyos? ¿Es cosa de cincuenta libras y diez chelines?… ¿Por qué no les dice que traigan los faroles?