La aventura

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Le pasaron a Rangsley un par de linternas sordas. Descubrió a medias una de ellas y nos alumbró el camino mientras subíamos una empinada escalera de madera. Trepamos a un minúsculo desván, con una cristalera en la pared que daba al mar.

—Ahora, sentaos aquí, en el suelo —ordenó Rangsley—. No podemos dejaros abajo; los batidores vendrán a ver al alcalde mañana para conseguir nuevas órdenes de registro y a él no le gustaría haber pasado la noche en vuestra compañía.

Abrió una ventana. Las nubes nos ocultaban la luna, pero muy lejos, por encima del mar distante, se veía una irregular mancha de luz plateada, en la que se perfilaban las siluetas de las chimeneas de las casas de enfrente. Detrás de nosotros, el reloj de la iglesia empezó a dar sigilosamente los cuartos; luego, sonó la hora… diez campanadas.

Rangsley puso una de las linternas sobre el alféizar de la ventana y dirigió hacia el mar sus rayos de luz amarillenta. Sus manos temblaron; empezó a mascullar algo para sí mismo, presa de una excitación incontenible. Arriesgaba mucho: todo dependía del parpadeo de aquellas linternas que acechaban los hombres de los lugres, ocultos en la negra extensión del mar. Esperó un poco y luego pude verlo a trasluz, enjugándose la frente con la manga de su abrigo. Mi corazón se puso a latir débil e insistentemente… sin compasión.


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