La aventura

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De pronto, de la sombra profunda de una nube que cubría el mar surgió un mudo resplandor amarillento… muy débil, muy lejano, muy efímero. Rangsley exhaló un profundo suspiro y me dio una fuerte palmada en la espalda.

—Tranquilo, buen mozo —dijo—; ahora me ocupo de vosotros. Dispongo todavía de media hora. ¿De qué barco se trata?

Yo estaba desorientado, pero de la oscuridad salió la voz de Carlos diciendo:

—El barco es el Thames. Mi amigo el señor Ortiz, que vive en Minories[5], me dijo que usted ya lo sabía.

—Oh, sí, lo sé, lo sé —dijo Rangsley suavemente.

Realmente sabía todas las combinaciones posibles para sacar de contrabando a la gente que ya no podía vivir en los condados del sur. Este comercio subsistía desde los tiempos de las conspiraciones jacobitas.

—Y también que es un trabajo pendiente, ¿no es cierto? Pero no es asunto mío.

Se interrumpió y reflexionó un instante.

Mirando afuera a través de la espesa oscuridad, advertí que Castro no nos quitaba los ojos de encima. Un leve susurro vino del rincón donde Castro se ocultaba.


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