La aventura
La aventura —Todos listos, señor —respondieron unas voces desde más lejos.
—Escúchenme —supliqué yo.
Alguien gritó bruscamente.
—No es éste el lugar para esas bonitas historias de ingleses en apuros. Sabemos muy bien dónde nos encontramos.
—Se encuentran a la altura de RÃo Medio —comencé yo con inquietud— y yo…
—De cualquier modo, diga la verdad como un británico —comentó perezosamente una voz cansina.
—Enviaré otro hombre a la bomba —sugirió una voz reflexiva—. Para estar seguros de la fuerza, mÃster Sebright, ya sabe.
—Desde luego, señor… Contramaestre, otro marinero a los frenos.
—Me han tenido cautivo en tierra —dije—. Escapé esta tarde, hace tres horas.
—¿Y encontró este barco en la niebla? Dio con él por casualidad, ¿no es eso?
—No es momento para andarse con frivolidades, se lo juro —continué yo—. Han salido a alta mar en su busca, con todas sus fuerzas. Les he oÃdo. Estaba con ellos cuando zarparon.
—Le creo.
—Debe de habérseles escapado el barco.