La aventura
La aventura —De modo que, entretanto, usted viene a tener una charla amistosa. Es muy amable. Asqueroso tiempo, ¿no es cierto?
—Quiero subir a bordo —grité yo—. Debe de estar usted loco si no me cree.
—Nos creemos todo lo que nos ha dicho palabra por palabra —se guaseó la voz de Sebright tranquilamente.
De pronto intervino otro.
—Nichols, ahora me acuerdo, señor.
—Claro, claro. Ese es su nombre.
—Yo no me llamo Nichols —protesté.
—¡Vamos, vamos! No empiece mintiendo —protestó Sebright.
Alguien se rió discretamente.
—Se equivoca usted, palabra de honor —dije yo—. Nichols hace ya tiempo que abandonó RÃo Medio.
—Unas tres horas, ¿no? —dijo la voz cansina prolongando en esos minutos preciosos tan insufrible disparate.
Era evidente que Manuel se habÃa extraviado, aunque me temÃa que no por mucho tiempo. Se separarÃan para buscarnos. Y ahora que yo habÃa encontrado ese inesperado barco, parecÃa imposible que otro no pudiera encontrarlo.