La aventura

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Nada podía hacer desistir de su idea fija a aquellos hombres, que parecían disfrutar tanto de la perspicacia de sus sospechas. Nos enfrentábamos a las más peligrosas disposiciones de ánimo. Eso hacía que fueran tan poco de fiar como muchos lunáticos. Eran capaces de todo, de atraernos con engaño a su costado para desfondar el bote y ahogarnos antes de descubrir su error, si es que llegaban a descubrirlo. Aunque así fuese, aquello era peligroso; y sin embargo yo era extremadamente reacio a abandonarles. Pero ¿qué íbamos a hacer? ¿Qué les diríamos? ¿Cómo debíamos actuar?

—Castro, esto es horrible —dije yo con la mirada vacía.

Que estuviese empezando a irritarse, a preocuparse y a arrastrar los pies no hacía más que agravar mi consternación. En cualquier momento podía ponerse a jurar en español y eso inevitablemente nos traería una lluvia de balas, disparadas a ciegas.

—No debemos esperar nada de la gente de ese barco. Ni siquiera podemos subir a bordo.

—Por lo menos sin la ayuda de Manuel, al parecer —dijo Castro con amargura—. Es extraño, ¿no es verdad, señor? Sus compatriotas… sus excelentes y virtuosos compatriotas. Generosos, valientes y perspicaces.

—Llevan razón —dijo de pronto Serafina—. Hacen bien sospechando de nosotros en un lugar como éste.


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