La aventura

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En su tono reprobatorio había un matiz de tranquilidad y de fe.

—Nos serán más útiles cuando estén muertos —refunfuñó Castro—. Los otros compatriotas muertos del señor nos sirvieron bien.

—Les daré grandes, muy grandes sumas de dinero —gritó de repente Serafina en dirección al barco—. Soy la señorita Serafina Riego.

—Hay una mujer… es la voz de una mujer, lo juraría —oí exclamar a bordo.

—Sí, sí —volví a gritar—. Hay una mujer.

—Tal vez. Pero ¿de dónde vienen? Usted es un inglés en apuros, ¿no es cierto? —replicó una voz.

—¿Nos dejarán subir a bordo de su barco? —dijo Serafina—. Subiré yo sola… Serafina Riego.

—¿Eh, quién? —preguntó la voz.

Sentí en la nuca un ligero soplo de brisa. Nos apremiaba la prisa.

—Nos escapamos para casarnos —exclamé yo.

En el barco empezaron a gritar órdenes.

—Oh, se ha equivocado de sitio. Lo que usted necesita para salir de ese apuro es una iglesia —replicó brutalmente la voz, por encima de los otros gritos que ordenaban bracear las vergas.


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