La aventura

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Volví a gritar pero mi voz debió perderse en medio de los crujidos de motones y vergas. Estaban atentos esperando la ocasión de escaparse… cualquier ráfaga de viento. El barco ya no se distinguía tan bien, como si se me hubiese nublado la vista. Una voz gritó a bordo: «Basta ya», pero el barco ya había desaparecido de mi vista. Entonces la ráfaga de viento desapareció también dejándonos más solos que nunca: únicamente con el pequeño disco de la luna suspendido verticalmente encima de la bruma.

—Escuchen —dijo Tomás Castro, después de unos instantes de silencio que nos parecieron una eternidad.

No hacía falta que hubiese hablado: Manuel se había perdido, de eso no cabía la menor duda, y estoy convencido de que el barco había arremetido directamente contra la flotilla. Había una inconfundible índole de sorpresa en el tumulto lejano, que surgió de pronto y cesó con la misma prontitud, después de una o dos ráfagas.

—Ahora, Castro —grité yo.

—¡Ajá! ¡Bueno!

Retrocedimos con un vigor que pareció elevar el bote por encima del agua. El alboroto aumentó de volumen e intensidad.


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