La aventura
La aventura Fue desde el principio un cuerpo a cuerpo, entablado de repente, como si los asaltantes hubiesen logrado abordar en masa y, por así decirlo, de golpe. No hubo disparos. Demasiado lejos para oír el intercambio de golpes y no distinguiendo todavía nada del barco, nos vimos abocados al parecer a una perniciosa contienda de voces, de sombras con pescuezos curtidos, en la que estaban presentes todos los gritos de batalla: rabia, aliento, furia, odio y dolor. Estos últimos, los gritos de dolor, se oían con sorprendente nitidez. Hubo también chillidos y aullidos. Y de pronto, cuando nos acercábamos al barco, pero antes de que pudiéramos vislumbrar alguna señal de su presencia, tropezamos con un bote. Tuvimos que dar un viraje para evitarlo. Parecía haber abandonado la lucha en completo desorden; iba a la deriva, sin ningún remo fuera, lleno de hombres que se retorcían y caían unos sobre los otros, chillando como si los estuviesen desollando. Por encima de esa mezcolanza de figuras en el centro del bote, un hombre de elevada estatura, de pie en la escota de popa, se deshacía en atroces imprecaciones y agitaba los puños por encima de su cabeza.