La aventura
La aventura Fue como una declaración de fe definitiva… como una norma de conducta. En aquellos momentos, dejando aparte mi amor, ella parecía una criatura muy por encima de mí; encerrada en su enorme pesar, pero decidida de todo corazón a iniciar resueltamente una nueva vida, rompiendo completamente con su pasado, precisamente por seguir las tradiciones de ese pasado.
Los marineros retrocedieron para hacernos sitio. Sólo el contacto de su mano sobre mi brazo me daba alguna esperanza de que ella confiase en mí, por mí mismo, no por obedecer las órdenes del difunto Carlos; su padre muerto y el enorme peso de sus anticuadas tradiciones no podían ser para ella más que un recuerdo. ¡Ah!, qué bien lo llevaba todo, con su cabeza erguida y orgullosa. Se abrió la puerta de la cabina y una tiesa silueta femenina de rasgos austeros y pelo liso se recortó con estricta simplicidad sobre el fondo iluminado. La luz que caía sobre Serafina parecía mostrar a la joven por vez primera. Una voz lastimera bramó:
—¡Señorita!… ¡Señorita! —después, en un tono insinuante, desgarrador—. ¡Señorita! …
Serafina pasó sin hacer ruido delante de la mujer, desapareciendo en la luz brillante de la cabina. La puerta se cerró. Me quedé allí esperando. Cuando ella desapareció, Manuel alzó la voz hasta convertirla en un tremendo, incesante grito de desesperación, como si esperase que ella le oyese.