La aventura

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Hablaba un poco atropelladamente, como disculpándose. Era difícil reconocer en él al juerguista Williams, que había brindado a mi salud en Jamaica, después del episodio del almirante en la Posada del Transbordador. Ahora era como si tuviese un peso encima. Yo estaba cansado.

—Dos hombres muertos —dije— es más de lo que usted o cualquiera de su tripulación pueden mostrar. Y, por lo que puedo juzgar, usted no hizo más que retener al suyo hasta que yo llegué.

Farfulló afirmativamente:

—Sí, sí. Pero…

Me enfadé por lo que parecía una obstinación estúpida.

—Si no hubiese sido por nosotros, en este momento tendría usted una cuerda apretándole al cuello, o barras al rojo vivo en las plantas de los pies —dije yo indignado.

Se enjugó la frente con perplejidad.

—¡Uy, qué dice usted! —protestó él—. Lo que yo quiero decir es que mi esposa…

Volvió a detenerse y luego prosiguió.

—… A ella se le ha metido en la cabeza acompañarme en este viaje. Por vez primera… ¡Y ustedes dos llegan solos en una barca descubierta! Es algo a lo que ella no estaba acostumbrada.


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