La aventura

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Sencillamente no lograba comprender lo que quería decirme; ni siquiera podía oírle muy bien, pues Manuel-del-Popolo seguía gritando a Serafina en la cabina. Williams y yo nos miramos el uno al otro… él, turbado, y yo, completamente desconcertado.

—La señora Williams cree que no es normal —interrumpió Sebright— que usted y su joven dama estuviesen solos… en plena noche y en una barca descubierta, y todo lo demás. Eso no lo aprobarían en Bristol.

De pronto Manuel bramó:

—Señorita… sálveme de su barbarie. Soy una víctima. Mire sus cuchillos manchados de sangre y sus ojos complacidos.

Se apartó convulsivamente del tipo con el fardo de machetes bajo el brazo, que inocentemente pasaba cerca de él, se echó hacia delante, los dos marineros volvieron a cogerle por los brazos, hasta casi sentarlo en cubierta, pese a los tirones que daba, como un perro, por miedo a morir inmediatamente. Williams, sin embargo, parecía estar esperando realmente una respuesta, absurdo que yo no podía tomar en serio.

—¿Qué espera que hagamos? —le dije—. Regresar a nuestra barca o ¿qué?

Eso pareció afectarle bastante.

—Espero que caiga usted en manos de una buena mujer —masculló desconsoladamente.


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