La aventura
La aventura ¿Era éste el juerguista Williams, mi divertido compañero de otras veces? Necesitaba reírme, aunque fuese un poco histéricamente debido a la inquietud que siguió a mi cansancio. ¿Era su esposa una arpía tan terrible? ¿O era una buena mujer?, como insistía Williams. Volví los ojos hacia Sebright, que miraba divertido.
—Está bien —respondió a mi mirada interrogativa—. Ella es un alma pura, pero no está habituada a ver tipos como nosotros en la congregación a la que rinde culto en su país.
Entonces me susurró al oído:
—Es la sobrina del armador. Más vieja que el patrón. Se casó por amor. Sospecha de cualquier mujer… también de todos los hombres, por San Jorge, excepto de mí, quizá. Aprendió a vivir en alguna capilla de Bristol. ¿Qué se puede esperar? Váyase derecho a la cabina —añadió.
En aquel momento la puerta del camarote volvió a abrirse y reapareció a contraluz la silueta de la mujer que ya había visto antes.
—Me dejaban quedarme bajo el porche de la Casa, Excelencia, eso es muy cierto. Oh, no aparte de mí su rostro.
Manuel, que había estado callado durante un minuto, recomenzó inmediatamente a vociferar con la esperanza, supongo, de que sus voces llegasen a oídos de Serafina, ahora que estaba la puerta abierta.