La aventura

La aventura

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—¿Qué vamos a hacer, Owen? —preguntó la mujer, con una serenidad que me pareció muy despiadada.

Tenía todo el aspecto de alojar a alguien «en su casa», alguien bastante dudoso, del que uno querría librarse en cuanto se lo permitiera la más elemental caridad.

—Señora —dije yo bastante fríamente—, apelo a su compasión de mujer…

—Así es como el Maligno tiende sus trampas —replicó ella, un poco temblorosa.

—Señorita, la he visto crecer —gritó de nuevo Manuel—. Su padre, que está con Dios, me dio limosna cuando yo era niño. ¿Dejará usted que maten a un hombre a quien su padre…?

—Trampas. Eso no son más que trampas. ¿Acaso merece la bendición de Dios por huir de sus tutores, de noche y sola, en compañía de un hombre joven? ¿Cómo podemos nosotros, de acuerdo con nuestro deber…?

Su voz era fría pero amable. Incluso bajo aquella luz defectuosa su apariencia sugería algo frío y monacal. Me enfurecía extremadamente, aunque también lúcidamente, el pensar en lo que ella podría haberle dicho o, con la sutilidad de las mujeres, hacerle sentir a Serafina, en aquella cabina.

—Viene directamente de la tumba, todavía fresca, de su padre —dije yo—. Yo soy su único tutor.

Manuel alzó el tono de su imploración.


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