La aventura

La aventura

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—Señorita, yo rendí culto a su infancia, muchas veces arrojé al aire mi sombrero al paso de su carroza, cuando salía usted a pasear toda vestida de blanco, sonriente como un ángel del paraíso. Excelencia, ayúdeme. Excel…

Entonces una mano le tapó la boca y no oímos más que los ecos de una gran pelea a nuestras espaldas. El camino hasta la cómoda cabina permanecía cortado. El resentimiento me inflamó el corazón; pero, gracias al amor, mi alma estaba serena, pues, fueran cuales fueren los absurdos que todavía pudieran suceder, por el momento Serafina estaba a salvo. La mujer del umbral protegía el pequeño camarote del respetable navío del vagabundeo de aquel idilio ilegítimo.

—¿Qué vamos a hacer, Owen? —preguntó ella de nuevo, aunque esta vez con un poco de indecisión, creo—. Sabes algo de esto… en cuanto a mí…

—Querida, ¡qué idea! —empezó Williams, y le oí murmurar inútilmente—. Como un héroe… una tarde… almirante… el viejo Topnambo… nada de eso… por mi alma… el hijo del Señor…

Sebright elevó la voz desde un costado.

—Señora Williams, podemos arrojarlos por la borda, desde luego, pero eso tal vez no fuese muy apropiado. Más valdría meterlos en un saco, por separado, y tirarlos uno a cada lado del barco, es más decoroso…


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